
Viernes, 28 de noviembre de 2008. Diez y media de la noche. Lluvia y frío recibieron a Enrique Bunbury y su banda en el Coliseum de Atarfe. Demasiado poco para detener al aragonés ambulante a punto de traspié. El hombre delgado vestido de negro vaquero y sombrero compañero tapaba sus ojos con las gafas oscuras de Cobra mientras advertía que esas inoportunas condiciones no lo detendrían. El club de los imposibles y la bien mirada Señorita hermafrodita ponían la letra mayúscula inicial del concierto. Un repaso concreto y comleto a todo su prepertorio. Del disco Radical Sonora sonó Alicia; de Pequeño, El viento a favor o El extranjero; El club... de Flamingos; Canto o El rescate del Viaje a ninguna parte; No fue bueno pero fue lo mejor de su oda a las cerezas junto a Nacho Vegas... y por supuesto, El hombre delgado que no flaqueará jamás o Hay muy poca gente de su recién estrenado Hellville de luxe. Así hasta llegar, después de varios bises, presentaciones de la banda, cambios de vestuario, etcétera, al punto final de la velada musical con Y al final... que conmovió seguro a alguien más aparte de mí.
Después de soportar la incómoda lluvia y atendiendo a un soplo, algunos seguidores acudían a las puertas de La válvula bar, chapado para la ocasión ya que su co-propietario, Jordi Mena, miembro de la banda, preparó una recepción alcohólica para los más allegados al club. Allí, al rato, apareció Enrique Bunbury acompañado por José Girl, dama y retratista inseparable del cantante. Vestía pantalón ajustado negro, camiseta de manga corta y chaqueta, también negras. Mientras las poco engrasadas visagras de las rejas se abrían, el caballero Olmedo, a la derecha en la imagen, y yo nos acercamos. Bastó que Olmedo pidiera una mirada para que Bunbury nos atendiera. Se interesó en saber si disfrutamos con el concierto. La respuesta fue sinceramente afirmativa. Mientras Olmedo preparaba su máquina para la estampa y después de estrechar su mano, aproveché para entablar diálogo. Lo primero, “chocar esos cinco” y dar el parabién por su actuación. A continuación, preguntarle por Granada y su parecer por nuestra vieja ciudad nazarí. El aragonés, acostumbrado al sur, espetó un definitivo –Granada es de puta madre-. Quizás fue liviano su argumento, pero rotundo. Instantánea, apretón de manos y suerte en el resto de la gira finiquitaron el breve pero intenso encuentro con este icono musical de nuestra iberia, no tan sumergida como algunos quieren hacernos ver. Posteriormente, nos fuimos a beber para horas más tarde regresar al mismo punto. del encuentro La salida de Enrique Bunbury del bar fue algo más grotesca, menos glamurosa. El cansancio y los vinos hicieron mella. Acompañamos de prestado, mi compañero caballero y un granadino errante tal cual, al séquito musical a la sala Sugarpop. Entrando sin colas por nuestra profesión periodística compartimos de lejos el poco tiempo que permaneció el músico y la fotógrafa en la sala. Visiblemente agotado y ebrio como alguno más, abandonó el local y la noche granadina. Hasta la vista.