A Bunbury le precede una fama de buen artista y tío excéntrico por
igual. Y en su magnético directo dice cosas raras, raras como «buenas
noches, cabrones», lo que suele provocar la pitada y entrega general de
sus adeptos. Ya sabemos que él tiene su público; ayer peregrinaron
hasta Atarfe unos 4.000 fieles guiados por la luz de Enrique.
Por el techo del recinto entraba un frío glaciar y se escapaba un
sonido mediocre que fue mejorando a lo largo de la noche. Pero la gente
se rindió igualmente ante las botas del maño y lo pasaron de órdago.
Otra velada más en la que Enrique Bunbury (1967, Zaragoza) afianzó su
puesto en el podio de iconos inclasificables de nuestra música patria.
Español, pero puntual y perfeccionista hasta la saciedad. Y muy
histriónico. Desde las diez de la noche y durante dos horas y media
largas sacó encima del escenario el poderoso artista que lleva dentro.
Primero apareció vestido con cierto aire de cow-boy enlutado, luego se
'tuneó' con raso de color rojo y estrellas, y al final cambió al negro
y al pelo en pecho. No faltaron sus gafas Ray-ban. Así es él, un
inclasificable que pertenece a ese selecto club con el que abrió el
concierto, 'El club de los imposibles'.
A Bunbury o le odias o le amas, no hay más. E incluso se puede
pasar de un extremo a otro en poco tiempo. Allí todos le amaban, aunque
cante cosas atípicas como 'La señorita hermafrodita', que sonó con aire
'country' en segundo lugar.
Hace una semana, en Sevilla, se quedó tan tranquilo en mitad del
montaje tras asegurar que él era negro y sus padres de Uganda. Esto es
común en él. Ayer dijo: «Yo soy como Michael Jackson, pero al revés».
Está convencido de que su alma es de color. Lo que no es tan común
encima de los escenarios españoles es encontrar a un vocalista tan
idolatrado, que demuestra una y otra vez haber enterrado
definitivamente al Héroe del Silencio que lleva dentro.

Bunbury ya es un titánico 'showman' con parangón que prende
fácilmente una gran mecha en los oídos de sus seguidores, entre los que
había mucha presencia masculina e incluso familias enteras. Pero sí,
ése al que gritaban «¿Enrique, Enrique!» tiene parangón. En sus
movimientos hasta la extenuación, en su melena rizada, en su enjuto y
fibroso cuerpo de ademanes sinuosos y entrecortados se transparenta la
herencia de Hendrix, Morrison y hasta de Elvis si me apuran; e incluso
deja ver pinceladas de 'postmodernidad' con ciertos toques de Mick
Jagger, Bowie y del mismísimo Raphael. El autor de 'Hay poca gente'
-que sonó en tercer lugar y fue la primera canción del 'Hellville...'-
nunca ha negado todas estas influencias.
Este tipo respeta la música, de la que ha hecho una forma de vida,
y al mismo tiempo bebe sin miedo de los grandes maestros. Pero tiene su
propio sello de calidad. Bastó verlo en 'Bujías par el dolor', con
anuncios incluidos de «va a doler» y «muevan el esqueleto», para saber
que no iba a dejar a la concurrencia irse de rositas. Allí saltó hasta
el apuntador.
Los temas del 'Hellville de Luxe' (así se llama también la
casa-estudio donde se refugia en el Puerto de Santa María) sonaron
equilibrados y ricos en matices, igual que su nueva banda, recién
estrenadita tras la disolución del 'Huracán ambulante' en 2005. Hizo
prácticamente el mismo 'set list' que en las anteriores citas de su
gira española. 'No fue bueno' (del disco 'El tiempo de las cerezas',
con Nacho Vegas) estuvo seguida de 'Sólo si me perdonas' y ambas
cerraron la primera parte del concierto, de tintes más rockeros que la
que estaba por llegar.
Mientras sonaba la melodía de un western sacada de una guitarra
eléctrica, unas inmensas lámparas rojas, propias del mejor cabaret, se
suspendieron encima de las tablas, donde también se desplegaron unas
tremendas cortinas de terciopelo. 'Sácame de aquí' -en la que Bunbury
aprovechó para invitar a una copa al público- y 'Si no fuera por ti'
abrieron boca para la secuencia más explosiva del concierto, en la que
el divo lució una estola de plumas negras al cuello en contraste con el
rojo fuego del escenario.
'El extranjero', 'Desmejorado', 'Porque las cosas cambian' e
'Infinito' estuvieron arropadas por las sombras chinescas de los
músicos, unas luces potentísimas y la voz profunda de Enrique, que se
convierte en un gran 'bluesman' a poco que la ocasión lo requiera.
Y de repente, ¿zas¿. Otra escena. Fuera atrezzo. Dos grandes
pantallas y sus proyecciones cinematográficas fueron las que
flanquearon a 'El hombre delgado que no flaqueará jamás', que estuvo
perseguido por otros temas como 'El rescate', 'Apuesta por el rock and
roll' y 'Lady Blue'.
Para los bises (la que escribe tuvo que abandonar el concierto para
realizar la crónica) estaban previstas 'Alicia', 'El viento a favor' y
'Canto', entre otras. Y el remate final, con 'Canción cruel' y 'El
tiempo de las cerezas'. Sonase lo que sonase, antes de los bises
Bunbury ya demostró que aún con el viento en contra sigue siendo ese
huracán musical que no flaqueará jamás.
ÁNGELES PEÑALVER