Un anciano maestro de la madera vivió en Japón hace ya algunos años. Desde pequeño, su entretener era jugar con pequeñas astillas de madera con las que creaba seres de largos brazos y piernas. Con las virutas creaba interminables cabelleras de sus personajes y el serrín servía de remiendo a las insostenibles fechorías de su gata blanca Michú.
Una vez se hizo mayor, el entretenimiento se convirtió en oficio. De juegos a labores y de remiendos a artesanía. Poco a poco fue labrándose un nombre en el arte y los ecos de sus quehaceres viajaron por toda la región de Honshū. Incluso era el primero al que se recurría cuando algún trabajo era pertinente aún en lugares recónditos.
Ya muy anciano y con varios aprendices, visitó su humilde taller una anónima entidad que oyó en tierras difusas muchos enaltecimientos acerca de la envidiable manera de trabajar de este para todos entrañable carpintero. Esta persona presumía de conocimiento encontrándose delante del genio carpintero le espetó:
- “¿Dónde aprendió a utilizar los útiles de esta manera tan maestra?”
- “Mi honorable padre y la vida me lo enseñó”, contestó.
- “Ningún manuscrito ni credencial de la escuela de oficios artesanos de Akita pues...”
- “Mi trabajo y décadas de oficio son mi título, ¿Acaso soy menos carpintero que otro?”.
La incierta perita entidad no contestó. Dio media vuelta y se alejó. Entendió que el ejercicio de la faena de nuestro ya anciano carpintero, su implicación, su talento innato, su amor por lo que hacía y su experiencia acumulada no podía compararse ni con el tanto o más por mil de todos los jóvenes aprendices carpinteros de Akita.
Para Juanjo