Gabriel Aghion dirigió en 1999 la que sería, hasta ahora, su última película, el libertino, una comedia de época fallida en la que Vincent Pérez pasea sus vergüenzas delante de la cámara, literalmente. Si quitamos los desnudos, bellos y lindos, de Audrey Tatou y Vahina Giocante, nos queda poca cosa. Buenas frases encajadas en unos diálogos ingeniosos, algún que otro gag certero y... ¿Lo malo? Casi mucho más, como por ejemplo... la inutilidad de una base lineal para el guión, puesto que no existe. El film se construye gracias a un anecdotario sexual poco elegante, olvidándose de más pretensiones. Diderot, Voltaire... quedan ensombrecidos por los cunnilingus, los eunucos y las doncellas con ganas de dejar de serlo.