
Tres de los directores más representativos del cine asiático del momento se unen para dar forma una película de tres relatos que únicamente tienen en común su género. Takashi Miike es el director de la primera historia. Como viene siendo habitual, destila lirismo, aunque se aleja del gore por el gore. En conjunto, el resultado es agradable y consigue aterrar la psicología de los espectadores con un pulso contenido y siempre al límite de la tensión. Fruit Chan es el que firma el mejor corto de todos. Su estética y le canibalismo recuerda a las películas de terror de los años 70. Basada en una leyenda, sabe impresionar y lleva el ritmo con maestría, calculando y dosificando la atención. Esta vez, la mirada se acerca más al rostro de los personajes, y capta todos los detalles con preciosismo, lo que otroga esteticismo y, además, funcionalidad, puesto que evita la visión directa de lo más salvaje. Por último, Park Chan-Wook, quien revolucionó el cine postmoderno con Old Boy, filma una obra de oscuro humor y valiente puesta en escena, puesto que todo transcurre en una habitación y con cuatro personajes. Por eso acumula en todo el tiempo del que dispone la mayor variedad de los tópicos propios de los más relevantes géneros cinematográficos, y los administra con inteligencia. El resultado general de todo esto, de la unión de tres grandes artistas, es un placer para todo cinéfilo que sabe reconocer en el cine asiático un valor en alza, considerándolo, actualmente, el mejor posicionado (India, Corea, Japón, China...).