No se puede hablar de adaptación, sino de mimetismo. La película de Ron Howard es un calco del libro que afortunó a Dan Brown. De esta forma nadie podrá echarle en cara al director cualquier sandez que se le pase por la cabeza acerca de la fidelidad al texto. Y esto es una pena. Quizá un poquito de imaginación con toques de creatividad podrían haber salvado las dos horas y media de tediosa película. Y no lo digo por la estructura del relato, que bien podría ser otra en la pantalla –y no tan fragmentada y retrospectiva como en el libro-, sino de la planificación: simple y funcional, basada en meros planos-contraplanos tras breves vistas generales de ubicación parisina y londinense. Algo que entorpece la fluidez artística y provoca soñolencias, sobre todo en los momentos explicación de enigmas/planteamiento de desmitificaciones religiosas, que funcionan bien en un libro, pero no así en una obra audiovisual, donde por palabra no tienen lugar. Ahí debería haber estado más atento Howard para reinventar la forma en la que todo se va descubriendo y aclarando para el espectador, siempre con la imagen como estructura sintáctica y semántica; y no la palabra. Lo único que se le ocurrió fue resaltar en una cutre posproducción los elementos clave para los espectadores con deficiencias en sus conexiones neuronales. Y es que el libro es muy cinematográfico, pero la película es muy textual –que no literaria-. Un mismo relato será distinto si se cuenta con palabras o con imágenes. En cuanto a aspectos destacables, podemos comentar que la actuación Ian McKellen es brillante, dando como resultado un personaje creíble y afín al público; otrora, Tom Hanks y Autrey Tatou difuminan unos roles de difícil interpretación, pero no por ellos, sino por sus mismos personajes, que nunca fueron bien definidos, ni antes ni después.
- La gente no siempre es capaz de ver lo que tiene delante…