Dentro de las posibilidades de la creación audiovisual tenemos el cine, el teatro y la televisión, como formalidades más cercanas al pueblo. Sin embargo, el espectro es más amplio y da cabida a intenciones más líricas, experimentales y filosóficas. Deux, la película que en 2002 rodó Werner Schroeter, encaja en las performances, esa nueva tendencia visual y sonora a través de la que se provoca una fuerte impresión en el público debido a la reunión episódica aparentemente sin sentido de ciertas acciones humanas o no humanas, y con cercanía al surrealismo de Un perro andaluz de Buñuel y Dalí o a la literatura del existencialismo esquizofrénico kafkiano. De modo que Schroeter edita casi al azar los fragmentos de la vida de María (que al mismo tiempo es Magdalena, ambas personificadas por una espléndida Isabelle Huppert) y de su madre (quien guarda un gran parecido con ella), rondando siempre el tema de la muerte y de la banalidad de las vidas de las personas, atrapadas en un juego de múltiples personalidades abanderadas por nuestro yo infantil, nuestro yo vengativo y nuestro yo moral, sin que nada positivo surja de la combinación de tal tríada. Durante poco más de dos horas, el director no engancha con ningún argumento, dejando únicamente las impresiones sueltas a capricho del engarce por parte del espectador activo. Una técnica difícil de digerir y con grandes dosis de aburrimiento si la cosa se prolonga en demasía, normalmente pasando los sesenta minutos. Es lo que le ocurre a este director alemán, que cansa con sus reiteraciones y sus revueltas a la misma idea pero con distinto matiz, a menudo inapreciable. Y eso al público puede llegarle como una ofensa para con su paciencia.
- Tendremos que dejar eso de que nuestro amor es tan inmenso como el mar, para simplemente decir que nos queremos de diez a once de la noche.