Cualquier película de Michael Haneke supone una revolución. La pianista es un buen ejemplo de ello y su reconocimiento lo tuvo en el festival de Cannes de 2001. Ante una puesta en escena sin artificios sorprende aún más la intensidad que pueden alcanzar los actos que construyen un trocito de vida de cada personaje. Pero si se realiza un mínimo análisis nos daremos cuenta de que su forma de rodar se basa en contener la emoción de los actores y en usar con inteligencia el fuera de campo. Haneke detiene la imagen sobre el rostro de los personajes con la intención de que no los miremos, sino que a través de la observación lleguemos a su mente y los comprendamos, sintiéndonos afines o no a ellos. Igualmente, deja parte de la acción al otro lado del encuadre, forzando la reflexión y agudizando la impaciencia por conocer cuál es la verdad, tal y como aguardaríamos la resolución de un secreto. En eso se basa Haneke, en la fuerza dramática interpretativa y en los límites del conocimiento. La pianista se alza en compendio de estilo de este director austriaco. Un férreo y crudo guión nos habla de la represión sexual a la que se obliga a si misma una profesora de piano, excusándose en la concentración y en el formalismo estricto que exige el piano y con el que Schubert también parece ser que convivió hasta la muerte. Pero Erika (Isaballe Huppert) se ve desbordada por sus pulsiones más sádicas al tener como alumno al joven y apuesto Walter, quien se verá arrastrado por las obsesiones de su maestra, llegando el film a situaciones oscuras, sórdidas y agresivas. Sin Isabelle Huppert la película habría sido otra. Su mirada y su posicionamiento dialogan con el espectador como si de un confidente íntimo se tratara. Ella ocupa todo el espacio escénico con la recreación perfecta de su personaje, conociéndolo y confundiéndolo con su propia alma, aguantando el objetivo pernicioso y curioso de Michael Haneke. Una interpretación sublime para una de las mejores actrices contemporáneas y de la que es fácil caer rendido a sus pies.
- Yo no tengo sentimientos. Y si alguna vez los tengo no dejaré que venzan a mi inteligencia.