sábado, 22 de abril de 2006
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La España de los 90 relucía por fuera. No más. Su interior escondía malas gestiones gubernamentales que repercutían (y repercuten aún) en una abismal estratificación social. Enrique Gabriel así lo quiso reflejar en su primera película, donde españolitos currantes y currantes inmigrantes se dan la mano para salir adelante en una falsa tierra prometida y degenerativa madre patria. A través de la hipérbole y el ácido humor, el director amplifica las grotescas y humillantes situaciones que vive el protagonista, un electricista oficial de primera que abandona su pueblo y a su familia para buscar trabajo en Madrid. El interés de la película reside en su realidad de lo cotidiano, sabiendo conmover y, además, concienciar. No hay una planificación de alardes, ni un arte ponderable, pero sí un estilo sobrio, franco y directo bajo un ritmo bien calculado que engancha las escenas con astucia y siempre atendiendo a la continuidad del relato en un guión propio de personajes perdedores que deberán evitar los golpes del destino para conseguir su objetivo (en este caso, encontrar trabajo). Resaltar por último, la loable actuación de Ramón Barea, siempre en papeles secundarios y que aquí afina una interpretación magnífica. Película sencilla pero que bien sirve como documento histórico social que le valió la entrada triunfal a hombros de la crítica para Enrique Gabriel en 1996.


- Un oficio no cuenta para nada. Lo que cuenta de verdad son las oportunidades. Saber estar cuando hay que estar donde hay que estar. Y ya está.
Publicado por DeckSkull @ 11:38  | Cine y T.V.
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