Steven Soderbergh se centra en la historia de amor entre el protagonista de Solaris y su mujer suicidada, dejando de lado la profundidad existencial que puede extraerse de los recuerdos convertidos en temores que vuelven continuamente al presente para martirizar y dificultar la vida. Así, Soderbergh se convierte en su propio personaje, sufriendo los mismos desconciertos que los plantados frente a la cámara. La película refleja sus miedos, y con gran temor, Soderbergh pasa de puntillas sobre el fondo, prestando más atención a la estética de la forma y a la innovación de la declamación. La planificación aportada por el director no fundamenta el seguimiento de la trama y, a menudo, su vacío semántico insufla tedio en la mente de los espectadores. La enrevesada y compleja idea original del autor de la novela de Stanislauw Lem queda aquí desprovista de toda agudeza y se simplifica hasta el romance vodevilesco sin humor. Y para rematar, acelera el final sabiéndose cansino para el respetable, lo que acrecienta aún más el mal sabor de una película intrascendente y de inservibles maquillajes de cine arte.
- Rea, dado todo elemento del Universo conocido y un tiempo apropiado, nuestra existencia es inevitable. No es más misteriosa que la de los sauces o la de los escualos. Somos simplemente una probabilidad matemática.