Las 05:45, en Granada, ya Sábado Santo. Y nada. Todo sigue siendo igual de ridículo. Me apeo de Granada 10 a eso de las 05:20 y recreo mi viaje de vuelta, simulando peregrinación. A los dos minutos giro en Reyes Católicos y me doy cuenta. Granada es ínfima, minúscula, pequeñaja, despreciable… en apenas un cuarto de hora mal contado estaré en casa. Granadinos pocos. Capitalinos, menos. Son fechas de recogimiento metropolitano, agotando aparcamientos y ansiando primeras filas. Por unos cuantos días, los europeos más progres se apoderan de las almas andaluzas. Muchos son los mozalbetes que ansían la carne rosa y la lengua ininteligible, convirtiendo los lugares de ocio y alcoholismo en escaparates de exuberante masculinidad. Esta ciudad en miniatura me sorprende. Cada vez más. Somos pocos ya los que pueden girar su documento de identidad y reflejar una dualidad granadina. Y no es motivo de orgullo. Pero sí de exclusividad. Por eso. Porque somos pocos. Y yo no quiero ni ser poco. Ni poco. Ni nada. Algo más. Esta gente se saluda con entusiasmo; o al menos bien lo simulan. Hablan de sus años colgados al quehacer laboral y el grado de satisfacción que ha aportado a sus vidas. ¿Se lo creen? Tal vez no. Seguramente no. Semana Santa. Lluvia. Para no perder las buenas costumbres y hacer más mártires a aquellos infelices que así lo quieren para fardar. Soy mártir. Yo más, porque mi paso no pudo salir, llovió. Oh, lo siento, qué mal. No importa, el año que viene compraremos un manto nuevo para nuestra Virgen; será la envidia de todas las cofradías… ¡Vete al carajo! Hay gente así, os lo aseguro, yo los he oído, los he visto, los he tratado… y casi me los creo, porque son así, sin remilgos, sin tapujos, sin arrepentimientos… son ellos, los felices infelices, los atormentados lujuriosos, los patrocinadores de la culpabilidad. La mierda “cantante y danzante de este mundo”. Hay soportales, escalinatas, explanadas, partes traseras… y todo igual. De 1996 a 2006 nada cambia. Los mismos imbéciles, botella en mano, ansían copular. ¿Para qué? Para perpetuar la especie… no. Por afición… sí. Bajo en andares la calle Recogidas. Giro mi pescuezo. Allá está: la Torre de la Vela, ondeando banderas con dignidad, escapando de su pasado vigía para ser esplendor de decoro. Casi nadie la mira ya. Por eso intenta dormir. Es Sábado Santo, pero ella no entiende de cristianismos. Pero sí de multitudes. Aguarda, con soberanía, la avalancha de chancletas y calcetines bicolor, a lo sumo tricolor. A sus pies se besan, con o sin amor, y siempre con pasión, para bien o para mejor. Observa cómo van y vienen, manteniendo su fachada hiniesta. Allá dormita con párpados titubeantes y multilingües a la espera de su príncipe negro con alas de águila y dialecto de esperanto.