Joel Schumacher agrandó su prestigio con Jóvenes ocultos, una película exacerbadamente ochentena y enfilada al público adolescente-juveni. Fue el comienzo de una relación ambigua con el cine, con cataclismos como las secuelas de Batman o curiosidades artísticas como Tigerland o Un día de furia. Su irregularidad es un rasgo particular de su carrera. Con Jóvenes ocultos descubre el camino del cine palomitero cargado de sensaciones poperas y de rítmica filmación. Tan eficaz como simple, Schumacher fabrica una reinvención vanguardista de los vampiros urbanos. El vídeoclip en alza por aquellos tiempos influyó con desmesura en su realización, concediendo importancia a la música y su contexto. Su revisionado hoy día apaga las emociones de antaño, su impacto queda reducido casi a la comicidad de algunas de sus escenas o de sus singulares personajes, extrovertidos y con cierto aire circense que provocan una tímida elevación de la comisura de los labios. La historia, milimétricamente estudiada para interesar, es comparable a títulos de la época (Los goonies, Los gremlins, Regreso al futuro, Los cazafantasmas…). Hay veces que nuestra memoria edulcora los productos audiovisuales, y tal vez sea mejor dejarlo así.
-No, no puedo abrir la ventana y dejarte entrar, te has convertido en un vampiro.
-No, no lo soy.
-Entonces ¿qué eres, la monja voladora?