La (acertada) reinvención cinematográfica del telefilm
La última película de Ang Lee ha crecido entre alabanzas y galardones motivados por unos críticos desmesurados que se ahogaron en la belleza visual y las correcciones técnicas de esta nueva producción hollywoodiana impoluta, dejándose arrastrar además por cambios progresistas en un guión demasiado carcomido por los telefilms. Sin embargo, la destreza del taiwanés Lee detrás de la cámara exprime los detalles que en direcciones más ligeras son despreciados y asimismo, reinventa y condensa la esencia del lenguaje cinematográfico en la composición de cada secuencia, haciendo grandes las, a priori, nimiedades narrativas.
“Angleegorías”
Sus personajes protagonistas viven en un escenario alegórico que permite exteriorizar con lindeza su desasosiego existencial. La montaña Brokeback se erige grandiosa como atestiguación de un amor tan bello y puro como su natural estampa. Una relación obligada a la clandestinidad y únicamente posible en encuentros aislados bajo la protección de su único cómplice, Brokeback. No es casual que se conocieran cuidando borregos, a los que pocas veces vemos mezclados con ellos, simbolizando así el distanciamiento con una sociedad abnegada; tampoco la arriesgada realización elíptica de Ang Lee surge de la imprevisión, sumisa al discontinuo devenir de su enamoramiento inicial y su encubierta consagración final.
La actuación efectista
Los episodios escogidos por el director, sobre todo en la primera mitad del film, se muestran incompletos, anulando su comienzo o recortando súbitamente su final, lo que genera en el espectador una sensación confusa y agobiante, muy similar a lo que los protagonistas viven. Un efecto reforzado por la brillante interpretación tanto de Heath Ledger como de Jake Gyllenhaal, quienes recurren a un perfecto oxímoron amor-odio capaz de expresar con contundencia el sentimiento que resplandece entre ambos protagonistas.
Facilidades emotivas
No obstante, la explosión sensiblera que cabría esperar no llega a producirse, quizá por la escasa recurrencia creativa en la exposición de la carga emocional. Un fallido flashback de fácil y manido impacto –Ennis del Mar relata su trauma infantil- atenta contra la formación audiovisual del público, que ve cómo una gran cantidad de clichés situacionales y, en ocasiones, con sobrecarga moralista, se presentan abiertamente y sin escrúpulos en una nueva –y engañosa- gran producción.