martes, 24 de enero de 2006
I...

Antes de que pudiera ver algo oyó cómo su corazón latía. Nunca antes lo sintió así. Mantuvo sus ojos cerrados hasta que se acostumbró al ritmo. Esta agitación le hizo olvidarse de la noche anterior durante unos segundos. Pero ahora volvían punzantes los recuerdos. Sintió desencajarse sus entrañas y se creyó herida. Levantó con torpeza su camisón y comprobó abatida que su sangre seguía los circuitos internos, con normalidad. Se dejó caer sobre la almohada y fijó su mirada en el techo.

El mutismo siempre le perturbaba, pero lo prefería, al menos esa mañana. Se incorporó. Extendió el brazo. Introdujo la aguja. Y pasó horas despojándose de sus sentimientos, retrocediendo soñadora a sus primeros días de su segunda vida. Siempre creyó que murió a los quince años. Se suicidó. Lo intentó.

Vació todo su corazón y guardó la colección de sus emociones bajo la cama, junto al resto. Pensó estar de nuevo preparada. Des(pre)ocupada. Ese mismo estremecimiento le sacudió cuando tuvo conciencia de su resurrección.

Su alma se desprendió y todo su cuerpo tembló hasta que cayó al suelo, frente a sus emociones. Sus ojos se centraron en ellas mientras su corazón recuperaba vitalidad. Su mente recordaba, pero borraba con mayor velocidad. Sus epilépticos párpados terminarían de procesar la realidad dentro de pocos segundos. Volvería a ser ella. La segunda ella.

Nunca le gustó ese color para su vestido de boda. Ella lo eligió blanco, y no sabe cómo se volvió marfil. El vestido, los anillos y la tarta. Era lo único de aquel día que su cabeza almacenaba tras su resurrección… y tras cada despojo. Nunca tuvo luna de miel, nunca la recordaba. Se despertaba en el suelo de la misma habitación una y otra vez y él la miraba. Como ahora. Le tendía la mano y le ayudaba a levantarse. Luego la besaba y le susurraba algo al oído. Ella sonreía. Como ahora. Eso nunca lo olvidaba. Así comienzan todas sus colecciones; con su sonrisa.

Aún las conservo. Completas. Excepto una; la última.


II...

Ella quiso quedársela cuando supo su verdad. Y cada mañana ordenaba sus emociones de menor a mayor barbarie. No lloraba, tan sólo sentía su dolor. Así lo hacía para fortalecerse. A primera hora de la noche nos veíamos fuera de la ciudad y añadía un detalle nuevo que encrudecía aún más su vida. Y su rostro retorcía su gesto hasta iluminarlo de venganza.

Nunca pude hablar de aquellos encuentros. La apoyaba, y deseaba tanto como ella asesinar a su marido. Pero era algo quimérico. Él hacía tiempo que desapareció y su presencia se debía a un error de programación irremediable, a excepción de perderla para siempre, pero era un posible que nuestra ley ni tan siquiera contempla. La muerte dejó de existir; sin embargo, el sufrimiento crece desmesuradamente. Aunque nos conceden su erradicación de nuestra alma, es almacenado en colecciones diarias para ser analizado, con el fin de averiguar su causa. Periódicamente son robados por traficantes de emociones. Si alguien quiere recuperarlo acude a las farmacias del norte.

El proceso es rutinario. Antes bien lo sabían. Una jeringa en vena extrae cada mañana el dolor de ayer. Todo se hace de forma autómata e inconsciente. Los recién nacidos son programados para ello a las tres semanas de vida. No existe la violencia, así que suelen borrarse las jornadas de trabajo estatal, las discusiones matrimoniales y los fracasos personales, pero no todos, porque aún creen que algunos son necesarios. Ella tenía que prescindir de las palizas de su marido. El suicidio le provocó un fallo en el sistema neuronal. No restaurable.
Publicado por DeckSkull @ 20:37
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