Nada de lo que había oído, visto o leído de la nueva película de Fernando Meirelles se evidenció en la sala de cine. Intenté comprender las críticas positivas y la simpatía del público para con este filme, pero ya a los veinte minutos comencé a odiar al personaje femenino (muy a mi pesar). El pulso narrativo se detenía, volvía a sentirse, para de nuevo descansar, todo sin coherencia formal, ni entendimiento sintáctico. Planos en discordancia, focalizaciones arbitrarias y edición grotesca. En su conjunto, la película no atrae, no covence y no entretiene. Los personajes de trazo grueso deambulan por una historia con aspiración reivindicativa, pero relatada con vulgarismo. Y el esfuerzo descomunal de Meirelles por reinventar y adentrarse en el postmodernismo se agradece, aunque finalmente el resultado pudo hacer sido considerablemente mejor.