Ser feliz, o al menos buscar la felicidad. Es el planteamiento espiritual inspirado y expirado por toda alma humana. El personaje de El ocaso del samurai no lo dice, pero lo deja sentir. Entre máximas de Confucio y honores dinásticos convive este viudo padre de dos hijas que, además, debe cuidar de su madre, enfrentándose a la pobreza y a la decadencia. Ozu y Mizoguchi apadrinan la puesta de largo de Yoji Yamada; y el armazón argumental al estilo Kurosawa, repleto de ornamentación hollywoodiana le valió la nominación al Oscar a la mejor película extranjera. Una estética de sublime lindeza acompaña el desarrollo interior de un espíritu en paz, pero continuamente amenazado por la jerarquía exterior a la que su condición obedece. Por último, el discordante balanceo entre la narración irritablemente explícita y la encriptada definición dramática de los personajes provoca un agónico desasosiego que desmerece el conjunto de una cuidada producción plástica.