Cuando se revisan clásicos contemporáneos como Los intocables de Elliot Ness aprendemos a valorar la evolución cinematográfica. Brian de Palma rodó en 1987 un film noir con registros westerianos a través del encumbramiento heroico de personajes cívicos en un contexto social alterable. La ingenuidad de algunos diálogos y el estancamiento patriótico no llegan a hacer sombra a una magistral dirección de retorcidos movimientos de cámara e imposibles inclinaciones, coordinado todo ello en un exquisito pentágrama altamente melódico, reforzado por la partitura genial de un Ennio Morricone épico. En la memoria quedan secuencias como el enfrentamiento en las escaleras de la estación (con una muy lograda acción contenida) o la danza mortal casa de Jim Malone (Sean Connery). Un trabajo que hubiera rozado la perfección si la exaltación y afiliación norteamericana no hubieran quedado tan patentes.