
No se trata de una película de terror, al menos, no únicamente. Buen comienzo. La complejidad de atraer espectadores gustosos de espanto y mantener su atención durante dos horas de juicio salpicado por flashback es todo un alarde. Scott Derrickson y su séquito han acertado en un planteamiento humanizado de la historia. El director demuestra en las bien elegidas y mejor ubicadas escenas de tensión un clasicismo austero aunque de gran eficacia. Un fiscal creyente que culpabiliza al cura y la abogada agnóstica de este enfrentan sus pruebas de fe que se adaptarán siempre a las circunstancias de los intereses de sus respectivos bufetes. ¿Creer en uno mismo, creer en los demás, creer en lo que sea necesario para triunfar, creer en nada…? Los personajes de la película enseñan sin pudor sus debilidades de fe. Mientras, el relato de Emily Rose queda relegado para servir de fetiche ante el que las indecisiones parecen evidenciarse. La dirección de Scott asimila la dificultad de la narración y nos muestra un espacio abierto lleno de posibilidades al que el espectador pertenece. Buen pulso narrativo que, prontamente, le otorgará proyectos de mayor envergadura y para un amplio sector de público; y donde podrá demostrar sus dotes.