La candidatura para los más prestigiosos premios norteamericanos ha envuelto en papel de regalo una película muy pretensiosa pero de factura irregular. Obaba esconde un mensaje difícilmente audible, como si un pequeño lagarto se comiera poco a poco los tímpanos de los espectadores expectantes. Volvemos de nuevo a comparar realidad y ficción, teniendo a una joven estudiante de audiovisuales de nexo entre ambos mundos. Ella y su cámara nos descubrirán el pasado de los personajes de Obaba, que en conjunto completará la historia del pueblo, dándole vida propia y convirtiéndolo en el personaje protagonista, oculto tras un complicado camino colmado de curvas, las mismas que cada persona deberá recorrer hasta alcanzar su interior más privado. El veterano Montxo Armendáriz se comporta como un novato cineasta al dejar escapar las múltiples posibilidades del mundo de Obaba y tan sólo nos muestra la superficialidad de unas historias que si se alejaran de los clichés fílmicos ya manidos, relucirían por sí solas sin dar la impresión de cojear. Significados unidireccionales o de fácil decodificación simbólica construyen una película parsimoniosa, condescendiente consigo misma y con escaso bagaje instructivo. Todo se colma con una dirección suave y española a los 90. El resultado no sorprende, sino más bien, decepciona al comprobar que la involución del cine autóctono acelera endemoniadamente.