Hay que ser tan gallardo como Tarantino para afrontar una historia múltiple de complejos acontecimientos y enrevesados personajes. Y hay que saber mostrarlo (y contarlo –me declaro vigoroso defensor del show and telling yanqui-); algo que se escapa de las manos de los franceses, ingleses y españoles que produjeron tal magma audiovisual. Las supuestas férreas vinculaciones entre los personajes se sienten invisibles y esto dificulta en demasía el seguimiento de la historia, mal estructurada y mal editada. La película, a pesar de la suntuosa dirección artística (que mucho contará en los Goya 2006), aburre, despista, estresa y desconcierta, hasta que llega un momento en el que el pasado, que es precisamente de lo que va, deja de importar, manteniendo el poco interés que resta en conocer quiénes murieron y por qué coincidieron, pero simplemente por curiosidad. El film queda tan confuso como su propia premisa: ¿es todo consecuencia del azar o seguimos el dictado de un firme destino?