
Bill Murray ya es representativo del cine indie, muy a pesar de Jim Jarmusch, obstinado en alejarse de las fórmulas populares –lo alternativo es una moda más, demasiado extendida, demarcadora e inquisidora-. Flores rotas no podría haber sido protagonizada por nadie más que Murray. Esta road movie explaya los caracteres del género haciéndolos humanos, de modo que a la vez que visitamos los escenarios de la plenitud de un Don Juan de Marco, también presenciamos la involución de un Don Johnston regresivo tal que padre pródigo. ¿Qué son los galanes tras superar los cincuenta años? ¿Mantienen su actitud gallarda y rebosan placidez? Jarmusch atraviesa la frontera de la intimidad y nos deja a solas con los personajes, dándonos tiempo para observarlos, analizarlos y criticarlos. No hace que se muevan si la cámara los encuadra, ni tienen que gesticular, ni tampoco hablar, solamente tienen que vivir. Y cuando interactúan entre ellos se engañan, se interpretan a sí mismos, siendo infieles a su primera forma de ser. De este modo, tenemos dos Don Johnston en el film; el que está a solas y el que está acompañado; el que piensa una cosa pero ha de decir otra; el que es y el que le gustaría ser; algo que Jarmusch justifica en acertados diálogos que transcurren minuciosamente entre perlas de humor discreto y refinado. Los silencios se aprovechan para mostrar el pasado y el presente de los personajes, siendo del agrado de todo espectador ávido que desdeña la insignificancia bastarda y banal de los minutos de relleno con historias absurdas y burdas del cine de masas. Todos los planos -imprescindibles y gustosos- ideados por Jim Jarmusch engloban el sentido del devenir de los personajes, definiéndose a sí mismos desde el primer plano hasta el último, sin necesidad de prolongar diálogos ni de tener que situarlos en acciones baladíes, al tiempo que se construye una densa narración cognitiva, muy al gusto del francés Alain Robbe-Grillet. Flores rotas sigue el estilo de Lost in traslation –no sólo por coincidir el actor protagonista-, reivindicando un nuevo pulso cinematográfico americano, más cercano al gusto artístico que industrial, pero que es capaz de unir criterios entre público y crítica, como ya sucediera en los años 70: la popularización del indie.