
En la carrera como cineasta que comenzó José Luis Garci en 1977 hay dos vertientes. Una -ante el beneplácito del respetable- contemplativa; y otra -enaltecida por críticos- de afanosa diégesis. Si bien la primera rastra el ingenio a través de apurados diálogos y una detallista puesta en escena, la segunda estanca los silencios cotidianos que humanizan y perturban a los personajes. Garci circula entre ambas propuestas tratando de crecer o, en la mayoría de las ocasiones, volver a empezar, aunque con la nostalgia y la reiteración como lastre. Ninette continúa Tío Vivo y todo lo mostrado en esta se vuelve a suceder en aquella. La preocupación con estilo pedante por ilustrar con recuerdos históricos y pormenores de posguerra niega el avance narrativo que nos aburre cada vez más por minuto perdido. El interés por dirigir se diluye entre la pasión por enseñarnos una España anclada en la dictadura, que, eso sí queda claro, José Luis Garci recuerda con cariño (y creo que sin admiración, no obstante). El guiño de Mihura en el inicio de la película nos explicita la picaresca de unos españolitos en busca de una salida a sus represiones. Ninette representaba -en su tiempo, pues hoy día, sin conocimiento contextual, resultaría aberrante- el libertinaje de las sociedades europeas que se reconstruían sin miramientos opresores tras dos grandes guerras. Garci ha pretendido enmendar –o modernizar- la realidad de Mihura sin éxito, mutilando, o en el mejor de los casos, desfigurando el sentido de una obra de difícil representación contemporánea. Constantemente, la narración se detiene mirándose perezosamente al ombligo y recreándose en nimiedades plásticas –humanas y no humanas-. Ha llegado el momento de que Garci vuelva a contarnos algo al mismo tiempo que lo muestra.
Showing and telling, lo llaman...