
En 1995, Lasse Hallström demostró su más acertado sentimentalismo con ¿A quién ama Gilbert Grape? En el año 2000 redujo su calidad, también sentimental –aunque con un lirismo más trivial-, al realizar Chocolat, un cuento repleto de buenas intenciones. Tal y como iban las cosas suponíamos que tras otros cinco años, minados con más de un despropósito audiovisual, Hallström filmaría una historia con valor artístico. La aparición de Jennifer López en el reparto sentenciaba un funesto resultado –a excepción de Selena, las películas en las que interviene esta puertorriqueña carecen de interés-. Y no es que sea su peor papel, pero tampoco su personaje en esta ocasión se definía con certeza, lo que la acorralaba en sus nimios registros de escuela de superestrellas norteamericanas. Ni Robert Redford ni Morgan Freeman salvan un catastrófico metraje capaz de espantar al más inerte de los espectadores. Hollywood sigue apostando –y fuerte- por una base tan estelar como endeble. No basta cosechar un buen reparto millonario, ni una historia de esas que llegan al corazón. Si el cocinero no vale, estropeará hasta los mejores ingredientes. Y eso es lo que ha hecho Lasse. Todo en este film se vuelve desconcierto e irrisorio; insultante para el público progre y vacío para los asiduos a los telefilms de sobremesa. No llego a entender ciertos descansos emotivos que dificultan el avance de la película, ni escenas tan exclamativas que encajarían sin sobresalto en un Sin City rosa. Lo único que podría haber salvado a Una vida por delante y dejarle opción para competir por algún premio festivalero era el aspecto técnico; mas no pudo ser. El director entrecruza y emplea sin acierto planos vulgares que desembocan junto al mal devenir del guión. En poco tiempo podremos olvidarnos de este desaguisado en el que se han dejado llevar Freeman y Redford, y mientras revisionaremos grandes del cine como El golpe o Cadena Perpetua.