
La probabilidad de que el mercado hollywoodense acumule un mínimo porcentaje de calidad artística entre su sinfín de productos contaminados por la turmix industrial es casi nula. Y en muchas ocasiones, sin quererlo, se topan de narices con el trabajo bien hecho que se puede mal traducir por eficiencia creativa. Ron Howard es una de esas personas afortunadas que han sido elegidas por el libre mercado para potenciar su genio artístico, su visión de autor disfrazada de estilo pop, cosecha de los 90, sin que ello merme su capacidad decisoria y perjudique la calidad de su creación. Cinderella Man es ya un caballo ganador para la próxima ceremonia de la Academia; no quizá tanto por sus méritos, sino tal vez por la deficiencia competidora. Es una película de esbozo oscariano, protagonizada por un (ceniciento) hombre capaz de acusar todos los golpes acumulados por los avatares del vivir y, sin embargo, seguir esperanzado por levantarse siempre con fuerza para proteger a su familia. Algo así como el sueño americano pero con más penurias y esfuerzo, sensación bien transmita por un cada vez más concienciado Russel Crowe, ayudado por la enfática música de Thomas Newman y un aplausible y solvente montaje. Y si tal vez no llega a emocionar tanto como seguramente se pretendía será porque el ritmo y el estilo de la narración se nos antojan ya repetitivos y con tufillo a estatuillas doradas; aunque también, Rocky persiste en la memoria de muchos y, si se había dejado en el olvido, no será difícil acordarse de ciertos momentos al visionar este nuevo reto de superación personal y confianza ciega en uno mismo y en lo que quiere para sí y para los suyos.