
Abarcar noventa minutos de película con una base argumental tan pobre como la de El Calentito puede convertirse en una proeza o, como en este caso, en un desatino. No son tiempos para anarquismos locales reivindicativos. Almodóvar extrajo todo el jugo que el tema contenía y pasó a formar parte del pasado cinematográfico de una España travesti. Y si, tal vez, Chus Gutiérrez hubiera entonado más grave, hablaríamos de una buena película. Si exceptuamos los pomposos pechos de Verónica Sánchez, las imágenes y audios reales del fugaz golpe de estado del 23F son lo mejor de una obra insulsa, difusa y nada escandalizadora. Hablando de lo peor, son zafias las relaciones que se crean entre los personajes, primeros y segundos, amigos y familiares; torpes los movimientos de cámara, sin llegar nunca a definirse en estilo; muda la planificación, en decorados repetitivos y de bajo presupuesto; estridente el montaje, excesivo en todas las escenas y en discordancia con la cadencia argumental de cada acción. La directora granadina de nacimiento, madrileña de acogida y neoyorquina de academia, se ha rodeado de amigos –como viene siendo habitual en ella- para explorar en su pasado y tratarlo artísticamente. Sin éxito. Eso sí, la película me hizo pensar, justo al final, al ver en los títulos de crédito a la prestigiosa e internacional coreógrafa Blanca Li, también granadina, embaucada en similar proyecto.