
Las superproducciones se han convertido en inversiones endogámicas que agotan recursos a cada plano. Los magnates que imponen los resbaladizos derroteros hacia los que se encamina el cine siguen siendo mecenas viciados en empresarios colocados con altas dosis de capitalismo salvaje. Los directores, ante esto, no tienen más remedio que ocultar su auténtico arte y dedicarse a hacer el trabajo que su jefe le impone. El resultado es preocupante, como sucede con la última película de Terry Gilliam. Tras una preproducción encolerizada y fallida es inevitable que la pantalla se impregne de reminiscencias El espectador siente el caos que reinaba en el rodaje y se ve limitado a tragarse una sucesión de escenas, interpretaciones, diálogos y desenlaces sin más pretensión que la del espectáculo fácil, pero llamativo. El sentido del relato pasa a convertirse en polizón en un film en el que la coherencia se echa de menos, incluso en este género cuentista. La ambición de crear una película dinámica, que rescatara el espíritu infantil del encanto y la fantasía, salpicada con risas y aderezada con aventuras desaparece a medida que avanza el metraje. Los personajes se repiten a sí mismos, las situaciones chirrían, las escenas de acción aburren, los chistes son absurdos e ingenuos, y los decorados se limitan a un poblado con cuatro o cinco casas y un torreón oculto en la mitad de un bosque, con una iluminación justa pero monótona y ya archiconocida (provocando la hibernación cerebral en el espectador). Es loable, una vez más, el esfuerzo de Gilliam por recuperar su niñez y mezclarla con sus años de Pyton, y estoy convencido de que hubiera superado el reto dignamente si los productores no le hubieran impuesto criterios mercantiles. Pero también sé de gente que ha sabido evitar estos obstáculos, creando bellas historias audiovisuales sin perder su estilo de autor. Seguiremos confiando, pero sin apenas ilusión.