
Si Noël Burch hubiera gozado con la oportunidad de explorar la filmografía de Kim Ki-Duk, habría prolongado, sin duda alguna, su capítulo de las estructuras de agresión de su gran “Praxis del Cine”. En cada nueva película, el director coreano consigue estremecer sin tener que recurrir a desembolsar buena parte del presupuesto en efectos especiales, actores del momento o retoques imposibles de guión al servicio del imperioso y frenético audiovisual videoclipero y gamero. La pintura, presente en los comienzos artísticos de Ki-Duk (llegó a ganarse la vida vendiendo sus cuadros en las calles de París), invade cada fotograma de “The Bow”, tercera película de este prolífico autor en apenas un año. Como ya viene siendo habitual en él, la complejidad de los sentimientos confusos y la incertidumbre ulterior abarcan una temática sin lenguaje verbal. La turbadora historia de afecto-amor entre una joven y un anciano aislados en alta mar se construye con miradas y caricias… y susurros para un auspicio íntimo y secreto. Las escenas, idílicas engrandecidas con una armonía musical de elegante interpretación diegética, se suceden al ritmo suave de la marea sobre la que descansa el barco en el que el viejo idealiza los esponsales y la niña aguarda crecer. Por último, también nos habla Kim Ki-Duk de los sueños que permiten tensar nuestras ganas de vivir y componen la banda sonora que cada día nos acompaña. “Fuerza y un hermoso sonido yacen en la tensión de un arco. Quiero vivir así hasta el día de mi muerte”. Magistral.